Cuento 1: La Isla de los Recuerdos

 Había una vez una niña llamada Mariela que tenía la costumbre de olvidar cosas importantes. No los deberes ni la hora de dormir, sino los momentos pequeños pero hermosos: cómo sonaba la risa de su abuelo, el olor de las tostadas los domingos, o el sonido de la lluvia contra la ventana cuando leía.

Un día, Mariela estaba caminando por la playa, sola, después de una tormenta. La arena estaba húmeda y el mar parecía más profundo de lo habitual. De repente, algo brilló entre las olas. Era una botella con un papel adentro. Lo sacó y leyó:
“Busca la isla donde habitan tus recuerdos. Sigue al pez dorado.”

Antes de que pudiera reírse de lo absurdo, un pequeño pez brillante emergió del agua y comenzó a nadar en círculos frente a ella. Fascinada, lo siguió. Sin saber cómo, Mariela se vio subida a una balsa hecha de conchas y algas, impulsada por una corriente que no obedecía las reglas del mar.

Horas después, llegó a una isla que no aparecía en ningún mapa. Allí, el cielo tenía colores que no existían en la Tierra, y el aire olía a cosas que ella no sabía que extrañaba. En la playa había objetos enterrados: una bufanda de su madre, una figura de plastilina que había hecho en primer grado, y hasta una piedra con la que había tropezado y llorado de niña. Cada objeto, al tocarlo, le devolvía un recuerdo. Pero no solo eso: lo revivía por completo, como si lo estuviera viviendo por primera vez.

Mariela exploró la isla durante días. Había senderos hechos de fotografías, árboles con hojas en forma de cartas que había escrito y nunca enviado, y un lago que contenía todas sus lágrimas felices y tristes. En el centro de la isla, había un faro. Subió los escalones sin prisa, y en la cima encontró un libro abierto: era su memoria, escrita con tinta invisible. Cada página que leía encendía una chispa en su mente, devolviéndole algo que creía perdido para siempre.

Una voz suave —quizás la de su madre, o la de ella misma en el futuro— le susurró:
“Los recuerdos no se pierden, solo se esconden en las islas que olvidamos visitar.”

Cuando despertó, estaba de nuevo en la playa, pero algo había cambiado. Caminaba con más atención, oía con más corazón, y cada vez que un momento especial ocurría, lo guardaba en una libreta con dibujos y palabras. Había aprendido que los recuerdos eran pequeños tesoros, y que todos llevamos dentro una isla donde habitan.

Desde entonces, Mariela nunca más olvidó lo que realmente importaba.

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